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El Zape, Durango Diversos factores han hecho que la región de El Zape, tenga importancia histórica en el transcurso de los siglos; uno de ellos fue el interés de los misioneros de la Compañía de Jesús, que llegó a la Nueva Vizcaya durante la conquista, en el año de 1589, con el objeto de convertir a la religión católica a las tribus de tepehuanos, acaxees y xiximes que habitaban en las inmediaciones. Las primeras descripciones de las zonas arqueológicas de los alrededores de El Zape, las hicieron los sacerdotes e historiadores jesuitas: Gerónimo Ramírez, Francisco Javier Alegre y Andrés Pérez de Ribas; estos dos últimos realizaron una descripción general del área en las «anuas del año de 1604 y 1612». En el anua de 1604, el padre Pérez de Ribas cita el relato que hace Gerónimo Ramírez, de los remanentes arqueológicos del sitio: «... Prosiguió con su visita uno de los padres a otra más la tierra adentro, llamada de El Zape, situada en la ribera de un río que corre al pie de un peñón, donde por las ruinas y rastros que en él quedaban de casas, y mayores de las que usaban estos indios, y muchedumbre de ídolos de piedra y varias figuras que ahí parecían, con otras pruebas razonables, era opinión que aquí hicieron asientos los mexicanos antiguos cuando salieron de tierras muy remotas, trayendo en su compañía un ídolo y al demonio en él al modo que el pueblo de Dios llevaba el arca del testamento haciendo a su manera de mansiones y paradas, como las hizo el pueblo de Israel a la tierra de promisión y los mexicanos a su laguna donde poblaron...».
Pérez de Ribas y Ramírez son los primeros autores que identificaron a El Zape, como un sitio donde pudieron haber permanecido temporalmente los aztecas en su legendaria migración de Chicomóstoc y Aztlán hasta el Anáhuac (Pérez de Ribas, 1944; 147-148). En el anua de 1612, el padre Alegre, menciona que el mis ionero Diego de Larios, excavando frente a la iglesia que habían construido, encontró muchas ollas bien cubiertas que contenían cenizas y huesos humanos (Larios, 1612). Otra de las causas por las que El Zape adquirió importancia, se debe a la gran rebelión de la nación tepehuana en contra de los misioneros, mineros y encomenderos españoles, conflicto que tuvo lugar en el año de 1616-1618, cuyos centros principales de acción fueron Santiago Papasquiaro, El Zape y Guatimapé. Esta revuelta atrajo la atención de todo México y puso en peligro los territorios conquistados por los españoles (Saravia, 1956; 187-189). En el siglo XIX, E. Guillemin de Tarayre, un explorador minero francés, que por órdenes de Maximiliano de Habsburgo hizo un extenso recorrido por la región en los años de 1865-1866, publicó, en 1869, su reporte: «Explorations Mineralogiques des Regions mexicaines suivie de Notes Archaeologiques et Etnographiques». Tarayre hace una descripción acompañada de planos de los restos de construcciones de la zona cercana al Rancho Santa Ana y describe los vestigios encontrados en las cuevas cercanas a El Zape Chico (Tarayre, 1869;183-186) A p rincipios del presente siglo Edgar L. Hewett y Carl Lumholtz, realizaron largos recorridos por las sierras del norte de México; reportaron la existencia de grandes áreas con restos arqueológicos en los alrededores de El Zape, (Santa Ana), pero no efectuaron excavaciones formales ni hicieron alguna aportación que modificara los trabajos de Tarayre. El ingeniero geógrafo Pastor Rouaix, en su libro «Geografía del Estado de Durango», hizo una descripción de la región (Rouaix, 1929; 84-85). Las investigaciones arqueológicas más formales las efectuaron J. Alden Mason y Donald D. Brand quienes trabajaron independientemente en el año de 1936. Mason (1966), realizó una exp loración de superficie desde Chalchihuites, Zacatecas, hasta El Zape y su princip al contribución a la arqueología de la zona, son las modificaciones que hace a los p lanos de Tarayre, al efectuar nuevos levantamientos del sitio Santa Ana, describe las ruinas del arroyo de Los Quelites. Mason consideró a la cultura de El Zape, como una forma at enuada de cultura mesoamericana estrechamente relacionada con la cultura chalchihuita. Esto lo fundamentó en la similitud de las construcciones, el hallazgo de cerámica trípode y la presencia de malacates hemisféricos. Escribió sobre los petroglifos cercanos a la población de El Zape que le llamaron la atención por la rareza de su diseño, sin embargo, no los relacionó con las culturas cercanas (Mason, J. A. 1961; 138-140). Donald D. Brand hizo un estudio más extenso exclusivamente de la región y consideró que las ruinas arqueológicas eran de tres tipos: 1) Restos arqueológicos en cuevas naturales como las de El Zape Chico 2) Vestigios de construcciones en cerros o «peñoles» fortificados como los del Cerro de la Cruz. 3) Edificaciones en lomas bajas con estructuras y cimientos mejor terminados, como los referidos por otros autores y describió un nuevo sitio llamado «Los Molcajetes». No hizo mención a la presencia de petroglifos y pintura rupestre (Brand, 1971) Este autor describió la presencia de malacates hemisféricos, bicónicos, incisos y punzados semejantes a los que había encontrado en sus exploraciones de Sinaloa y Nayarit; además, de ornamentos de concha, cobre, cerámica roja sobre bayo, pipas y figuras de terracota, que le permitieron deducir que había una relación con las culturas del centro de México. En fechas recientes, El Zape ha sido explorado en forma aislada. En 1961, el arqueólogo mexicano Agustín Delgado realizó excavaciones en la cueva de los Muertos Chiquitos, en donde encontró dos cráneos infantiles con deformación intencional (Brooks y Brooks, 1980; 3). En 1962, Richard H. Brooks, excavó en la misma cueva, encontrando algunas variedades de semillas antiguas de frijol, maíz y algunas cucurbitáceas. Estos hallazgos probaron que existió en la vecindad una población agrícola. Una fecha de radicarbono ubica el sitio en el 600 d. C. (Brooks et al, 1962). En 1980, Sheilag T. Brooks y Richard H. Brooks, reportaron como hallazgo de superficie en la cueva de las Dos Puertas, un cráneo semimomificado con deformación intencional tabular oblicua (Brooks y Brooks, 1980; 8). Los sitios arqueológicos localizados en las cercanías de la población de El Zape, son los lugares de cultura mesoamericana que hasta donde se conoce en la actualidad están situados más al norte de México; desde El Zape, hasta las ruinas de Casas Grandes, Chihuahua, no hay referencia de otro sitio con características mesoamericanas. El sitio con petroglifos, se encuentra a 297 kilómetros al norte de la capital del estado de Durango, en el Municipio de Guanaceví (Fig. 101), a dos kilómetros de la población de El Zape. Los grabados se encuentran distribuidos a lo largo del paramento de un muro de riolita, en la margen oriental del río Sestín o de El Zape (Fig. 102). Este muro se localiza a los 105º 47' 15" de longitud oeste y a los 25º 47' 15" de latitud norte; su orientación es de 323º 30' noroeste-sureste, mide aproximadamente 94 m. de longitud; su extremo noroeste tiene una altura de 9'5 m. y está en contacto con el río, disminuyendo gradualmente de elevación hasta el extremo opuesto, en donde se confunde con el cerro (Fig. 103). En una extensión de aproximadamente 50 m. a partir del extremo noroeste se encuentran 72 grabados sobre las superficies vert icales de las rocas, a diversas alturas sobre el piso, aprovechando las partes planas de la piedra y lo que es más importante, en partes del muro modificadas artificialmente para tal propósito (Fig. 104). Los grabados en su mayoría son de forma geométrica, 46 de ellos cuadrangulares (1-46), 10 circulares (47-56), 2 cuya forma es similar a los «Ojos de Dios» de la mitología huichol (57- 58), 4 con figura humana (65-68), 4 con forma de animal (69-72). Existen otros más (59-64) como líneas aisladas o agrupadas. La may oría presenta en su interior líneas rectas, curvas, sencillas, dobles o triples en diversas posiciones, dividiéndolo en varias secciones. En estas mismas, algunos presentan diversos diseños. Cinco de ellos exhiben en su borde inferior, rayas verticales cuyo número varía entre 3 y 13, dándoles un aspecto barbado (16-20), las diferencias en el tamaño y en el diseño de cada grabado les da a cada uno la apariencia de glifos (Fig. 105). La técnica de grabado es la del picado seguido de acanalado, la mayoría de los petroglifos se encuent ran en buen estado de conservación, algunos cubiertos parcialmente de líquenes, mostrándose además erosionados dando la impresión de ser antiguos. Este tipo de arte rupestre es abundante en sitios cercanos a las márgenes de los ríos Tepehuanes y Santiago Papasquiaro en el Estado de Durango y similares a los que se encuentran en los estados de Sinaloa, Nayarit y Jalisco. En las áreas horizont ales de la parte superior del muro, existen numerosos morteros circulares horadados en la roca (Fig. 106). La distribución de los grabados es irregular existiendo aproximadamente 54 en la parte central (Fig. 107). Es aquí donde existen modificaciones en el muro, realizadas intencionalmente. Estas consistieron en retirar grandes lajas de piedra, rebajar las paredes, amp liar grietas naturales y colocarles cuñas de piedra en la parte superior para mantenerlas abiertas. En la fotografía aérea se puede apreciar la pérdida en la continuidad de las capas de riolita (flecha A); una de las paredes rectilíneas, (flecha B) y las cuñas de una de las grietas, mismas que tienen una dirección opuesta a las capas de p iedra (flecha C) (Fig. 108). La finalidad de estos cambios en el muro, fue la de construir un sitio para observar los desplazamientos del sol en la bóveda celeste. Descripción del observatorio solar Para mejor comprensión del observatorio, lo dividimos en las siguientes secciones: entrante mayor, entrante menor, contrafuerte, pasadizo y las grietas número 1 y número 2 (Fig. 109). La entrante mayor tiene una sección trapezoidal con una superficie de 18'6 m2; sus tres paredes son lisas y casi verticales. La entrante menor tiene la misma forma con una superficie de 7'8 m2 y de paredes lisas y verticales; las ent rant es se encuentran separadas en su parte anterior por un contrafuerte de piedra y en su parte media están comunicadas por un pasadizo. La grieta número 1, tiene una dirección este-oeste y comunica el pasadizo con la cara anterior del contrafuerte, con una longitud de 1'85 m. y un ancho de 15 cm. fue ampliada artificialmente en sus bordes anteroinferiores (Fig. 110). Le fue colocada una cuña en su parte superior (Fig. 111). La grieta número 2, tiene sección triangular y mide 2'45 m. en su lado mayor y 50 cm. en su parte más ancha, es una prolongación posterior de la entrante mayor, presenta también en su parte superior una cuña (Fig. 112). Con las modificaciones que le hicieron y la ubicación de los grabados, con sólo observar la luz solar a través de las grietas y su proyección sobre los petroglifos y las paredes del observatorio, pudieron determinar los días en que el sol se encuentra en su máximo desplazamiento, tanto hacia el norte como hacia el sur, así como el punto en que está a la mitad de su recorrido. En seguida explicaremos la función de cada parte del observatorio, en la determinación de los equinoccios y solsticios. Equinoccios La parte del observatorio que se utilizó para la determinación de los equinoccios (primavera y otoño) se encuentra en el contrafuerte; la grieta 1, cuyas modificaciones artificiales tuvieron la finalidad de que un observador situado en el pasadizo, mirando a través de ella pueda apreciar los momentos en que el sol está sobre el horizonte en el ocaso (Figs. 113 y 114). La pared E, de la entrante menor, es sensiblemente paralela a la grieta, fue rebajada intencionalmente y en ella se encuentran dos petroglifos barbados (17, 19), uno circular dividido en cuatro cuadrantes (53) y una figura humana con dos cabezas, que seguramente tienen relación con el acontecimiento (Fig. 115). Solsticio de verano La part e del observatorio que señala el día en que el sol se encuentra en su máximo desp laz amiento hacia el norte, se muestra en la grieta número 2; en su interior, en la pared posterior, se encuentran varios grabados (56-62) (Fig. 116), tres son líneas verticales y uno circular con un diámetro casi vertical que rebasa la circunferencia (Fig. 117). La de mayor dimensión, marca con exactitud el límite de la roca iluminada p or los rayos solares dentro de la grieta durante el ocaso (Fig. 118). El grabado circular y la segunda cuña están alineados verticalmente (Fig. 119) y fueron utilizados como una «mira» para que un observador colocado en la parte inferior de la grieta viendo hacia arriba (Fig. 120), al mediodía, en esa misma fecha, pueda ver pasar el sol casi por el centro del círculo (Fig. 121). La posibilidad de tener dos formas para determinar un mismo acontecimiento, pudiera explicarse tomando en cuenta que en este tiempo ya se inició la época de lluvias y con frecuencia, por las tardes, el horizonte se encuentra cubierto de nubes, lo que no permitiría la observación del ocaso. Solsticio de invierno Para marcar esta fecha fue rebajada la pared A, de la entrante mayor, hasta hacerla casi paralela a los rayos del sol del ocaso, cuando se encuentra en el extremo sur de su viaje, en este momento se hallan iluminados casi en su totalidad los petroglifos de toda la superficie del muro (Figs. 122 y123). Es la única fecha en que la luz solar del ocaso ilumina los petroglifos de la pared A (3-32- 50) (Fig. 124) y resaltan del resto por recibirla tangencialmente. Es notable la similitud del petroglifo 32 de esa pared, con el símbolo mesoamericano de movimiento, «Ollin». La ubicación de los petroglifos para ser iluminados en el solsticio de invierno, tenían el propósito de que esta luz estimulara el poder mágico de los grabados y detuvieran al sol en su desplazamiento hacia el sur. (Peschard et al, 1984; 529-36). Otros sitios con petroglifos En once s it ios estudiados en las márgenes del río Sextin, Tepehuanes y Santiago Papasquiaro, a una distancia aproximada de 120 km. (Fig. 125), aparecen grabados como los descritos, pero la mayoría de ellos asociados a figuras de soles, lunas, plantas, hombres, chamanes y escenas de cacería (Fig. 126). Aparece un nuevo tipo de petroglifo en el que se incorporan los diseños de significado cósmico a las figuras humanas y de animales e inversamente éstos pasaron a formar parte de el interior de las figuras geométricas (Fig. 127).
La asociación de figuras de hombre y mujer, el sol y la luna, figuras con diseños s imét ricos, pueden representar el concepto de dualidad que es relevante en la religión mesoamericana (Fig. 128). La importancia que tuvo la observación de los fenómenos celestes debe de haber originado nuevas ideas de magia y religión en los que tenían un papel preponderante los eventos cósmicos y de aquí sus diversas expresiones en el arte rupestre. Por último, otros petroglifos fueron adquiriendo una complejidad creciente y para ellos no hay aún explicación satisfactoria. Los grandes murales de grabados en las rocas de el sitio Presidios son un ejemplo de ello (Peschard et al, 1986) (Fig. 129). Desde hace mucho tiempo, es conocido el interés que tuvieron las culturas prehispánicas por los fenómenos astronómicos para el conocimiento de las estaciones, creación de calendarios, predicción de los acontecimientos celestes y su ap licación en sus actividades cotidianas, religiosas, agrícolas y otras. Sin embargo, las investigaciones arqueológicas se habían limitado al estudio de la astronomía de las culturas mesoamericanas que tuvieron gran desarrollo. Recientemente, se le ha dado importancia a las funciones y significado astronómico de sitios arqueológicos de otras culturas, como el centro ceremonial Chalchihuita de Alta Vista, Zacatecas, ampliamente estudiado por el doctor J. Charles Kelley (Aveni, Hartung y Kelley 1982; 203). El doctor Anthony Aveni y el arqueólogo Horst Hartung, han reportado los petroglifos en cruz (Cross Pecked Petroglyphs), que se encuentran distribuidos desde Centroamérica hasta el estado de Durango, México, como símbolos calendáricos y su función en la orientación de los centros ceremoniales prehispánicos (Aveni, Hartung y Buckingham, 1978; Aveni y Hartung, 1979). En los Estados Unidos de Norteamérica, han sido encontrados numerosos observatorios solares de los indios anasazi y clasificados en cuatro tipos (Defiera, 1984). Recientemente, Robert A. Preston y Ann L. Preston (Canby, 1982: 580-581) reportaron la existencia de catorce calendarios solares en petroglifos del Parque Nacional del Bosque Petrificado en Arizona. Anna Sofaer descubrió otro en el Cañón del Chaco (Williamson, Fisher y O'Flynn 1980: 246, 247, 260, 261). El observatorio solar aquí descrito es el primero de este tipo reportado en la República Mexicana; has t a el momento únicamente le hemos supuesto utilidad como calendario, en la det erminación del inicio de las estaciones. Sin embargo, muchos de los grabados tienen gran parecido con glifos mayas y mixtecas de significado cosmográfico, como los que tienen una doble cruz en su interior (13-17), los círculos divididos en cuatro cuadrantes con un punto en cada uno de ellos (51-55) (Fig. 130). En el rectángulo número 1, que puede representar los rumbos del universo y el 32, que es similar al símbolo de Olin. Sin embargo, sólo investigaciones posteriores ampliarán las funciones astronómicas del sitio y con toda seguridad se encontrarán más grabados que los aquí reportados. No se ha determinado el grupo cultural que construyó el observatorio; creemos que fueron individuos con una cultura desarrollada, agrícola, de origen mesoamericano, que estuvieron en comunicación con otros grupos del Estado y de los vecinos, en especial con Sinaloa, Nayarit y Jalisco. La distribución geográfica de los petroglifos de este tipo tiene similitud con la de los grupos indígenas del complejo cultural Aztatlán. Es posible que tuviesen relación con otros del suroeste de los Estados Unidos. Existen cerca del extremo noroeste del muro, vestigios de una construcción antigua de piedra de forma rectangular sobre otra circular y a mayor distancia, sobre las partes de mayor altura de los cerros contiguos. Una adecuada exploración arqueológica de la región, proporcionará datos que ayudará a identificar a los antiguos pobladores de El Zape. Por último, los sitios con petroglifos han sido estudiados como manifestaciones culturales aisladas; recientemente se encontró una relación importante con determinaciones astronómicas. Es aconsejable realizar más investigaciones en sitios con petroglifos orientadas a esta función. La existencia de rasgos culturales, en su mayoría de origen mesoamericano, localizados en una situación geográfica tan distante de los grandes centros ceremoniales de México, hacen que El Zape tenga una gran importancia en el norte de la República Mexicana y que pueda ser un eslabón fundamental para establecer la relación entre Mesoamérica y las culturas del suroeste de los Estados Unidos. Estos rasgos culturales son: 1. Existencia de grandes áreas de construcciones de piedra en las lomas bajas cercanas al río de El Zape, cerca de la población de José María Morelos, antes hacienda de Santa Ana, que fueron descritas someramente en la segunda mitad del siglo pasado por el científico francés E. Guillemin de Tarayre (Tarayre E.G. 1869). 2. Agricultura desde épocas tempranas (660 d. C.) de maíz, frijol y calabazas. (Brooks, S.T.; Kaplan and Cutler 1962). 3. Uso del cobre (Mason 1979). 4. Cerámica ceremonial polícroma (Ganot y Peschard, 1985). 5. Deformación craneana intencional de los tipos tabular oblicuo (Brooks, S.T.; 1980) y tabular erecto (Peschard, A. y J. Ganot; 1996). 6. Entierro en urnas funerarias (Ramírez, G. 1604). 7. Hilado de tejidos (Mason, J.A. 1966). 8. Petroglifos con diseños similares a algunos glifos de las culturas Maya y Mixteca (Mason 1961; Peschard et al, 1984). 9. Uso del calendario para determinar el inicio de las Estaciones (Peschard et al, 1986).
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